Portada completa de La distancia también tiene hambre
Una historia para quienes han tenido que empezar de nuevo

La distancia también tiene hambre

Una novela íntima y luminosa sobre la migración venezolana, la dignidad del trabajo y el precio invisible de empezar de nuevo.

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Sobre el libro

Una novela sobre migración, familia y el valor de volver

Eduardo Morales nació en 1987, en una casa demasiado pequeña para una familia demasiado grande, entre el frío y la neblina de los Andes venezolanos. Allí aprendió que las radios —y las personas— no se reparan a golpes: primero hay que escuchar la falla. Cuando el país comienza a vaciar la despensa, apagar las ciudades y despedir a sus hijos, Eduardo cruza fronteras con una mochila, un destornillador amarillo y la promesa de sostener a los suyos. Colombia, Ecuador y México le darán trabajo, cuartos prestados y nuevas formas de perderse. Pero el hambre más difícil no será la del estómago, sino la culpa, el miedo y la distancia. Entre el amor, la paternidad, el duelo y una crisis que lo obliga a pedir ayuda, Eduardo deberá decidir si salir adelante significa llegar más lejos o aprender a volver. Una novela íntima y luminosa sobre la migración venezolana, la dignidad del trabajo y el precio invisible de empezar de nuevo.

Idioma EspañolFormatos Digital / Pasta blandaGénero Ficción literariaPrimera publicación 24 de agosto de 2026Estado Publicado

Ediciones verificadas

Kindle102 páginas · 24 de agosto de 2026ASIN B0HG9673J1
Pasta blanda74 páginas · 24 de agosto de 2026ASIN B0HG9D5Q2S · ISBN 979-8194529322
Apple Books73 páginas · 24 de agosto de 2026

Temas: Ficción hispana y latina · Vida familiar · Migración y diáspora

Público objetivoMigrantes, familias y lectores de literatura latinoamericana
Muestra gratuita

Prólogo

La última raya de señal

La voz de su madre llegó a las tres y diecisiete de la mañana, cuando la última raya de señal desaparecía del teléfono.

—Eduardo, mijo, si esta nota alcanza a salir, no se preocupe. Aquí estamos bien. Su papá está acostado y yo dejé agua en las ollas. Dicen que la luz vuelve pronto.

La grabación duraba diecinueve segundos. Al fondo se oía un golpe de metal, quizá una tapa, quizá una puerta, y después la respiración de María acercándose demasiado al micrófono. La nota había tardado casi siete horas en viajar desde los Andes venezolanos hasta el cuarto que Eduardo alquilaba en el sur de Quito. Para entonces, el país entero parecía haberse borrado del mapa eléctrico.

Eduardo la reprodujo once veces.

En la cama de al lado, Daniela dormía abrazada a Ana. Madre e hija compartían una cobija marrón que habían comprado en una venta de segunda mano. Por la ventana entraba el frío de la madrugada y una luz anaranjada del poste de la esquina. Él se sentó en el piso, con la espalda contra la pared, y marcó a su casa.

La llamada no salió.

Marcó a Yudith, su hermana mayor. Nada. A Marino. Nada. Al número de la vecina. Nada.

Volvió a la nota.