
La distancia también tiene hambre
Una novela íntima y luminosa sobre la migración venezolana, la dignidad del trabajo y el precio invisible de empezar de nuevo.
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Una novela sobre migración, familia y el valor de volver
Eduardo Morales nació en 1987, en una casa demasiado pequeña para una familia demasiado grande, entre el frío y la neblina de los Andes venezolanos. Allí aprendió que las radios —y las personas— no se reparan a golpes: primero hay que escuchar la falla. Cuando el país comienza a vaciar la despensa, apagar las ciudades y despedir a sus hijos, Eduardo cruza fronteras con una mochila, un destornillador amarillo y la promesa de sostener a los suyos. Colombia, Ecuador y México le darán trabajo, cuartos prestados y nuevas formas de perderse. Pero el hambre más difícil no será la del estómago, sino la culpa, el miedo y la distancia. Entre el amor, la paternidad, el duelo y una crisis que lo obliga a pedir ayuda, Eduardo deberá decidir si salir adelante significa llegar más lejos o aprender a volver. Una novela íntima y luminosa sobre la migración venezolana, la dignidad del trabajo y el precio invisible de empezar de nuevo.
Ediciones verificadas
Temas: Ficción hispana y latina · Vida familiar · Migración y diáspora
Prólogo
La última raya de señal
Quito, marzo de 2019
La voz de su madre llegó a las tres y diecisiete de la mañana, cuando la última raya de señal desaparecía del teléfono.
—Eduardo, mijo, si esta nota alcanza a salir, no se preocupe. Aquí estamos bien. Su papá está acostado y yo dejé agua en las ollas. Dicen que la luz vuelve pronto.
La grabación duraba diecinueve segundos. Al fondo se oía un golpe de metal, quizá una tapa, quizá una puerta, y después la respiración de María acercándose demasiado al micrófono. La nota había tardado casi siete horas en viajar desde los Andes venezolanos hasta el cuarto que Eduardo alquilaba en el sur de Quito. Para entonces, el país entero parecía haberse borrado del mapa eléctrico.
Eduardo la reprodujo once veces.
En la cama de al lado, Daniela dormía abrazada a Ana. Madre e hija compartían una cobija marrón que habían comprado en una venta de segunda mano. Por la ventana entraba el frío de la madrugada y una luz anaranjada del poste de la esquina. Él se sentó en el piso, con la espalda contra la pared, y marcó a su casa.
La llamada no salió.
Marcó a Yudith, su hermana mayor. Nada. A Marino. Nada. Al número de la vecina. Nada.
Volvió a la nota.
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